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Opinión

El que esté libre de culpa…

Por. Norman Mesa Lopera

A la publicación de un video del Sacerdote Carlos Yepes en el que hacía una defensa propia y de la iglesia católica frente a lo que ha sido un trabajo periodístico de Juan Pablo Barrientos -muy publicitado, por cierto- le seguía una respuesta de una internauta cualesquiera así: ¿por qué será que no le creo? Uno cree lo que quiera creer, uno ve lo que quiera ver. Es tan generoso el libre albedrío, que el ser humano puede escoger y eso no tiene ninguna connotación legal que le represente problemas.

Me aparto de la discusión medio filosófica para adentrarme en ese caso, el del religioso colombiano separado últimamente desde Roma para «oficiar». En redes sociales tiene por mitades, defensores y detractores, solo que casi nadie tiene todos, absolútamente todos los insumos para juzgar (y sancionar), o absolver. Muchos, apurados más por la emoción, piden linchamiento físico del acusado, olvidando que la pena de muerte aún no hace parte de nuestra legislación, y que el derecho a la defensa aún no está agotado.

Bien nos valdría a todos dejar a la vida que haga lo que a ella le corresponda. Por ahí está la justicia humana hurgando…también a ella tenemos que dar un compás de espera para que entregue resultados, pues por más y que muchos -yo uno- seamos escépticos, eso es lo que tenemos para mantener un regular equilibrio social.

Aquella escena de un Jesús haciendo rayitas con su dedo sobre la arena, retando a que los acusadores de María Magdalena tiraran sobre ella la primera piedra por encontrarse libres de culpa, es la que me ha venido dando vueltas en la cabeza. Pregunté a muchos de los que pedían a gritos esa “rara justicia”, quién de ellos estaba moralmente habilitado para hacerlo, y lo que se vino fue una andanada de insultos salidos de razón…sentí que con eso estaba, como aquel Cirineo, ayudándole a Yepes con esa cruz, pues ya los dedos acusadores cambiaron de dirección y en vez de seguirlo martirizando en esa discusión virtual, apuntaron hacia mí.

Fuera de charla: ¿quién, que no sean aquellos que acusan en primera persona al Padre Yepes, ¿quién que no sea el propio religioso, ¿quién que no sea un Ser Superior en todo y por todo, está tan lleno de datos sobre el asunto para fungir como verdadero juez en este caso?

No clamo por impunidad, no señores…es más, soy partidario de que Sacerdotes y miembros de cualquier iglesia, respondan antes la justicia civil, en el entendido de que todos somos ciudadanos sin categoría especial para ello, y que, si cárcel merece, cárcel pague en condiciones normales, pero de ahí a que la justicia ordinaria se sobreactúe por la opinión manifiesta en redes sociales, no me parece correcto.

Como católico confeso, deseo que el Padre Carlos salga victorioso en esta lucha legal y social…desearía también que la Iglesia corrigiera algunas actitudes de amparo con el delito de pederastia. Ya la historia no se puede cambiar, pero el presente y futuro sí, así que va llegado la hora en que desde el vaticano canten conmigo: “o cambiamos, o nos cambian” 

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Prensa escrita al banquillo.

Por. Norman Mesa Lopera.

Esta virtualidad sí da para todo. Entusiasta seguidor en mis años mozos de la política, esperaba ansioso que a la biblioteca pública de mi natal Entrerrios, llegara un ejemplar de El Colombiano. Entendible pues no tenía 15 pesos que costaba en el Almacén Central de «Mahoma». Era 1985, pleno sesquicentenario de la conversión de caserío a municipio del que después llamaría Catalina Villa, «la Suiza de Colombia», y antesala además de elecciones presidenciales, que en 1986 le entregó credencial a Virgilio Barco como timonel de este país del Sagrado Corazón de Jesús.

Palabra de Dios eran para mi, las instrucciones de mis padres y hermanos mayores, pero también lo eran las predicaciones dominicales del Padre Froylán Yepes en la misa, y de remate el editorial y las columnas de opinión del «diario leer de los antioqueños», remoquete que ostentó el periódico de don Francisco de Paula Pérez Tamayo por muchos años.

Después me volví más abierto, así que le dí entrada a El Espectador y a El Tiempo, y un poco a El Mundo, así que ya tenía más discurso para trabar conversaciones de política con personas de mi edad, algunos de ellos en orilla política opuesta a la mía.

La aburridora historia viene al cuento porque esos medios tradicionales que mucho aportaron a la sociedad colombiana, hoy tengo la impresión de que están, como decimos coloquialmente, «quemando sus últimos cartuchos», y tengo por afirmarlo porque sus lectores fieles ya somos una reducida franja de la sociedad que nacimos de la década del 60 hacia acá. No pareciera que a los que nacieron durante y después de la Constitución del 91, tengan como fuente de consulta informativa o de opinión a los medios ya mencionados, aunque tampoco a La Patria de Manizales, a El Heraldo de Barranquilla, a El País de Cali.

Algunos han hecho esfuerzos por encontrar entre su público lector, quién se le apunte a escribir, y mostrarse más complacientes y participativos, verbo y gracia el Taller de Opinión de El Colombiano y el Antieditorial de El Espectador, pero todo indica que falta más creatividad si es que quieren en 10 años, seguir gozando del reconocimiento y respeto logrado hasta hoy, pues ahí vienen surgiendo cualquier cantidad de medios digitales con lineamientos editoriales más abiertos a pensamientos contrarios, y con herramientas de discusión y análisis sobre temas de interes general. ¿No será esto último, el condimento especial del que está careciendo nuestra prensa tradicional como para pensar en mantenerse vigorosa por más tiempo? Eso, sumado a que alguno les ha dado por presionar a su público a que se suscriban, va camino a que empiecen más temprano que tarde a desaparecer del escenario nacional.

A esa prensa bien le vendría aprovechar esta cuarentena para repensar su papel, reinventarse, renovar un batallón de columnistas, muchos cargados de odio, porque si la expectativa de vida calculada para los colombianos me aplica, de no hacerlo, creo que estaré en el sepelio de muchos de ellos.

Adenda: me recomendaron dejar de ser reaccionario en redes, y lo puse en práctica: corté los circuitos de acción que me provocaban reacción, y maté dos pájaros de un tiro, pues por un lado estoy recuperando la paz interior, y de otro, hoy tengo más aprecio por aquellos cuya amistad migré de la virtualidad a la vida real.

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NOSOTROS CONTRA NOSOTROS, que capacidad para dañarnos los chocoanos somos los mejores.

Por. Yadir Antonio Torres Palacios.

Demos gracias a Dios, que a los chocoanos se nos tiene en cuenta a pesar del desprestigio al que hemos venido siendo expuesto de cierto tiempo para acá por parte de algunos malos hijos del Chocó, eso demuestra tener potencial intelectual y académico que es lo que no se le reconoce al profesional en el mismo Chocó.

Dejemos de estar desprestigiándonos los unos a los otros, cada vez que sale a flote una designación a favor de un coterráneo.

Miremosno así mismo primero, para que la podrá que tiremos no nos rebote y nos cause un daño inmenso, por nuestras acciones, que nunca serán todas de buen recibo o agrado para todo el que nos esté viendo desde la otra orilla y desde la barrera.

Es un consejo para que reflexionemos, nos estamos haciendo un daño inmenso.

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Bogotá es tierra afro.

La historia de la chocoana Rosa Murillo es la metáfora de miles de afrodescendientes: llegan a Bogotá para construir una vida con oportunidades, sin olvidar la cultura ancestral de su territorio. Con su proyecto ‘Los niños de Usme saltan, cantan y bailan’ fue merecedora de la Beca Decenio Afrodescendiente que entrega la SCRD.

Hoy, 21 de mayo, se conmemora el Día Nacional de la Afrocolombianidad, una fecha para rendir sus aportes y reivindicación de sus derechos, en la fecha exacta en que se abolió la esclavitud en Colombia, en 1851.

Por. Lucy Lorena Libreros.

Todos en Usme la llaman la tía Rosa. Saben que es chocoana, que carga la sencillez como moneda suelta en los bolsillos y que detrás de esa risa encendida con que saluda siempre, hay una guerrera que completa más de una década en la fría Bogotá luchando para que las nuevas generaciones de afrodescendientes no pierdan la esencia de su raza, el vínculo con el territorio de sus ancestros.

En realidad, se llama Rosa Murillo Mosquera. Es gestora cultural y llegó a la capital del país hace unos 15 años huyendo del conflicto que acosaba a Istmina, ese pueblo bañado por el río San Juan donde nació. Un pasado del que poco le gusta hablar. Es que prefiere detenerse en el presente: conversar, por ejemplo, de la fundación Cispac, que fundó hace 11 años, preocupada por el desarraigo que vivían los niños y jóvenes que llegaban desde el Pacífico hasta Bogotá o que nacían en la capital del país, a centenares de kilómetros de los ríos, costas, selvas y manglares de sus padres y abuelos.

Hoy, unos 150 niños –esos mismos que la llaman tía siempre– asisten a clases a la Escuela Yemayá, uno de los proyectos gestados al interior de la Fundación Cispac. Chicos que han aprendido que en el Pacífico la muerte no se llora, se canta con alabaos. Que las trenzas que tejen las mujeres en sus cabezas simbolizan las rutas de libertad que sus ancestros emprendieron hace más de 150 años. Que han probado un Pusandao del Tumaco o un Tapao de pescado de Guapi.  Que los niños no nacen el día que un doctor marca en el calendario, sino cuando ellos mismos lo deciden guiados por las manos sabias de las parteras.

“La idea es que ellos no pierdan el sentido de pertenencia hacia sus territorios. Porque no es fácil salir de la tierra de uno y llegar a una ciudad grande y difícil como Bogotá, que te empuja a vivir en cuartos de dos por tres metros. Sentirse parte de una cultura, entenderla y valorarla, logra que la vida aquí sea más amable para ellos”, reflexiona esta líder cultural.

En ello se muestra de acuerdo el secretario de Cultura, Recreación y Deporte, Nicolás Montero, quien sostiene que “la diversidad nos define, nos enriquece, nos permite vernos en contraste y construir referentes que inspiran nuestra manera de ser y de construir la realidad. Celebrar la afrocolombianidad es agradecer la manera tan valiosa en que esta comunidad hace de Colombia un mejor lugar para todos. Las diferencias nos enriquecen. El respeto y mutuo reconocimiento nos une”.

Cuenta Rosa que todos los sábados, antes de que comenzara la cuarentena, los niños se reunían con algunos mayores de su comunidad en un salón de la escuela Estanislao Zuleta, del barrio Alfonso López, en la localidad de Usme, al sur de la ciudad, que acoge a unos 6.700 habitantes afro. Y allí participaban de distintos talleres en los que conocían y aprendían sobre la historia y la riqueza de la cultura del Pacífico.

Y en esas estaban hasta que Rosa, junto a Celia Perlaza, la otra coordinadora de la Escuela, gestaron el proyecto ‘Los niños de Usme saltan, cantan y bailan’ y se presentaron en 2019 a la convocatoria de la Beca Decenio Afrodescendiente, de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, que busca impulsar el desarrollo de procesos artístico-culturales, de creación y circulación, encaminados a la transmisión de saberes culturales de la diáspora afrodescendiente.  

El proyecto es tan bello como sencillo. Si se trataba de que los niños no olvidaran sus raíces, que mejor que hacerlo con lo que más aman hacer: jugar. De labios de sus mayores, poco a poco ellos aprendieron a jugar ‘La panda pandilla’, una actividad en la que chicos y grandes, formados en círculo y de espaldas, se van pasando una pelotita de mano en mano. El truco consiste en adivinar quién queda con ella cuando un líder grita: ¡Alto!

Hay otros igual de entretenidos. La tía Rosa los enumera feliz: ‘El florón’, ‘La Tortuguita’ y ‘La pájara pinta’… Y habla de las charlas espontáneas que se encienden mientras todos juegan. Es como si el frío avivara la nostalgia: los mayores aprovechan y les cuentan a sus hijos cómo ellos mismos eran felices mientras los jugaban.  

Además del juego, niños, niñas y jóvenes se acercan al currulao, el abozao, el patacoré, la juga y otros ritmos del Pacífico a través de la interpretación de la marimba, el bombo, el cununo y el guasá.

“Lo bonito es que muchos de estos niños de la escuela no nacieron en el Pacífico. Y lo que aprenden en la escuela es por las referencias que hacen sus mayores. Cuando por fin logran viajar a la tierra de sus ancestros, generalmente en diciembre, fácilmente se reconocen en su cultura, como si toda la vida hubiesen crecido en esos territorios. Llegan maravillados y con más ganas de seguir aprendiendo. De no dejar morir nuestra esencia. Y ahí es cuando recoges tantas semillas que has sembrado”, dice con orgullo la tía Rosa.

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