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Opinión

Re-imaginemos los mitos que perpetúan las desigualdades en Colombia.

Los mitos son signos abstractos cuya función social es dar la ilusión que algo es, es naturalizar un mensaje, una forma de actuar o pensar. Algunos mitos ayudan a perpetuar cosas que no están muy bien en nuestra sociedad, por ejemplo, los niveles excesivos de desigualdad que nos hemos acostumbrado a naturalizar en vez de cuestionar. Dos de estos mitos son el mito de la meritocracia, y el mito de la democracia racial. A partir de naturalizar la idea de “el que quiere puede” y del éxito individual, el mito de la meritocracia nos ha nublado el reconocimiento de que unas estructuras y reglas de juego desiguales y que no podemos controlar, suelen ser más fuertes que el poder de agencia de una persona. Por su parte, el mito de la democracia racial nos ha permitido sentir que hemos cumplido con reconocer la diversidad étnica y quizás esto nuble el reconocimiento de que existen muchas brechas raciales aún, que necesitan no solo de categorías y leyes, sino de inversiones concretas y oportunidades concretas.

Por eso, desde Re-imaginemos, un proyecto que busca reflexionar sobre 30 diferentes formas de desigualdad en Colombia, estamos discutiendo sobre los mitos que perpetúan las desigualdades. Este proyecto se basa en un ejercicio de diálogo entre más de 150 jóvenes académicos, artistas, líderes, activistas, víctimas y demás personas de diferentes perfiles y saberes. Esta columna es el resultado del diálogo de saberes[1]#6 de Re-imaginemos, en el cual participaron una profesional en lenguas y cultura (Hannid Bautista), un investigador y musicólogo (Daniel Castro), un internacionalista experto en política pública (Abraham Hidalgo), una lideresa comunitaria y cantaurora (Aurora Casierra), y un productor musical (Nicolás Eckardt).Aquí compartimos las principales conclusiones y reflexiones de este diálogo.

Entender los mitos

Los mitos son signos. Y un signo es algo que (se entiende) ocupa el lugar de otra cosa en un contexto dado. Por ejemplo, el hecho que el color rosa represente la feminidad hace del rosa un signo. Un signo está compuesto de al menos dos elementos: un significante (el color rosa) y un significado (feminidad). La relación entre significante y significado es siempre arbitraria (¿qué tiene que ver un color con lo femenino?), y en todos los casos, se desprende de un contexto histórico específico (por ejemplo, el color rosa a finales del siglo diecinueve en Europa era asociado con la masculinidad pues representaba la guerra—una decoloración del rojo). Ahora, volviendo al mito, los mitos son signos con un “segundo orden de significación” en donde la relación entre significado y significante se distorsiona y se abstrae[2]. Los mitos traen consigo la intención de naturalizar la relación entre un significante y un significado. La eficacia de los mitos depende justamente de que se experimenten o se entiendan como un discurso inocente, despolitizado, desprovisto de intención alguna y presentado como algo común y natural a todos los seres humanos [3].

Así, los mitos tienden a movilizar mensajes simples y codificados para distorsionar y vaciar una realidad mucho más compleja. Esto no quiere decir que los mitos sean necesariamente negativos para una sociedad, pero algunos, pueden ser instrumentales para perpetuar algunas falencias de nuestra sociedad, como lo discutiremos a continuación.

Desigualdades y el mito de la meritocracia: el caso de Ser Pilo Paga

¿Cuántas veces hemos escuchado el refrán “el que madruga Dios le ayuda”? El mensaje detrás de este refrán es engañosamente sencillo: entre más trabajes, mayor éxito y mejores condiciones de vida tendrás. Refranes como este son un ejemplo de la mitificación de la relación entre el esfuerzo (significante) y éxito (significado), sentando las bases para lo que entendemos como la meritocracia.

Si es el esfuerzo lo que conlleva al éxito, ¿por qué en Colombia, según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico publicado en 2018, le tomaría a alguien casi 11 generaciones (330 años) salir de la pobreza? Evidentemente, existen factores estructurales que no están bajo el control individual, y que limitan el éxito que una persona puede llegar a tener, sin importar cuánto se esfuerce. Quizás al leer esto, la reflexión parezca obvia. Sin embargo, en nuestros imaginarios del día a día, e incluso en el diseño de políticas públicas, el mito de la meritocracia está comúnmente presente. Un caso donde ello queda evidente, es el programa Ser Pilo Paga.

Este progreama financió los estudios de pregrado de más de 40.000 estudiantes. Los requisitos para acceder eran obtener en la prueba Saber 11 un puntaje superior a un corte definido, estar en el Sisben y ser aceptado en una institución de educación superior acreditada de alta calidad. El programa cubría el valor total de la matrícula y daba un apoyo de sostenimiento de acuerdo al perfil del estudiante. Los resultados de las investigaciones sobre los efectos del programa indican que ha sido en general exitoso y se espera tendrá efectos positivos sobre la movilidad social.

Sin negar estos resultados, es importante revisar con un lente crítico cómo Ser Pilo Paga y su discurso fundamentado en el mito de la meritocracia, se relacionan con la desigualdad. Como nos cuenta Hannid, beneficiaria de Ser Pilo Paga, al llegar por primera vez al salón de clases de una universidad, muchas veces privada, los estudiantes del programa se percataron de las brechas académicas, económicas, sociales y culturales que los separaban de sus compañeros. No poder leer el texto en inglés para el examen del día siguiente, tener que elegir entre salir a almorzar o sacarle fotocopias al libro, tener que estudiar horas extra para poder ir al ritmo de los otros compañeros y tener que trabajar para pagar gastos adicionales, marcaron diferencias en las experiencias que tuvieron los estudiantes de Ser Pilo Paga. Además, había mucha presión sobre los estudiantes y sus familias, ya que, si perdían una materia o faltaban uno o dos semestres para completar el programa académico, el estudiante tendría que pagarlos con recursos propios o con alguna ayuda financiera externa al programa, lo cual se volvería una millonaria deuda.

Ser Pilo Paga se basa en la idea de que el éxito está ahí, al alcance de todo aquel que se esfuerce lo suficiente. Esta idea supone algunos problemas. El primero, es que el acceso a educación superior, no debería entenderse, ni mitificarse, como un premio al esfuerzo de una minoría de jóvenes pilos. El acceso a la educación superior debería ser, como lo es en varios países, un derecho para todo aquel que tenga este proyecto de vida y esté dispuesto a trabajar por él. Es decir, Ser Pilo Paga está individualizando un problema (esfuérzate y si te esfuerzas lo suficiente, accederás a educación superior; y si no te esfuerzas lo suficiente, es responsabilidad) que debería ser un problema colectivo (como sociedad, ¿cómo organizamos el recaudo público, el gasto público y la provisión de educación para garantizar el derecho a la educación?).

Otro problema es que Ser Pilo Paga mitifica la creencia de que, para lograr el éxito, es suficiente con que un joven se esfuerce y logre entrar a la universidad. Sin embargo, en la práctica, hay desigualdades que seguirán presentes y que seguirán siendo obstáculos para llegar al éxito, más allá de todo el esfuerzo que realice el estudiante. Por ejemplo, si las bases que recibió de su educación media en un pueblo lejano no fueron suficientemente buenas, o si debe trabajar en su escaso tiempo libre para lograr cubrir los costos adicionales al estudio, el esfuerzo que requerirá el estudiante de Ser Pilo Paga para graduarse será, sin duda, mucho mayor que el esfuerzo requerido por otro estudiante que, por la lotería de la vida, nació en un hogar privilegiado, logró acceder a un colegio privado y no requiere trabajar.

La conclusión que queremos ilustrar acá es que, contrario a como lo pinta el simplificado mito de la meritocracia, para llegar al éxito se necesita esfuerzo, sí, pero no todas las personas requieren hacer el mismo esfuerzo, y a veces, el esfuerzo no será suficiente para llegar al éxito. Los contextos que nos tocaron a cada uno, importan y afectan nuestra capacidad de agencia individual. Los contextos, generan desigualdades que están más allá del esfuerzo individual que pueda realizar una persona.

Desigualdades y el mito de la democracia racial

Analizamos ahora otro mito que ayuda a perpetuar las desigualdades. En Colombia, el mestizaje y el multiculturalismo han sido mitos fundantes en nuestra transición de colonia a estado moderno. En la Constitución de 1991 se avanzó en el reconocimiento de identidades étnicas (el estado pluriétnico y multicultural), principalmente desde la garantía de derechos diferenciales para la representación política y la titulación colectiva de tierras. En cierta medida, la idea de multiculturalidad y democracia racial (significantes) han orientado una idea colectiva de que en el país existen condiciones de igualdad (significado). Además, se ha logrado simplificar, en nuestros imaginarios, la diversidad étnica desde su unificación (mestizaje) o su categorización (multiculturalismo).

Sin embargo, la categorización social que encapsula el multiculturalismo, ha reafirmado perfiles de ciudadanías que continúan siendo segregadas. Por ejemplo, la pobreza multidimensional de comunidades negras, afrodescendientes, raizales y palenqueras es 1.5 veces mayor al promedio nacional y en el caso de comunidades indígenas, es 2.5 veces mayor[4]. Como lo señala Aurora “en mi tierra (Tumaco) nunca se ha escuchado la palabra ‘racismo’ porque todos nos entendemos iguales. Fue cuando llegué a la ciudad cuando ese término comenzó a cobrar vida. El acceso a oportunidades no es la misma simplemente por ser de una raza u otra”.

¿Quizás el mito de la democracia racial nos ha bastado para considerar que hemos avanzado lo suficiente en las luchas reivindicativas con las minorías, limitando una verdadera discusión sobre justicia social y sobre cómo reducir las desigualdades raciales, que siguen tan vivas como siempre?

Paradójicamente, son precisamente aquellos mitos articulados alrededor de un imaginario de igualdad los que terminan perpetuando la existencia de desigualdades. Para fortuna nuestra, “la lectura de un mito se agota de un plumazo[5]. Los mitos son poco profundos, y, por lo tanto, el proceso de desmitificación es más bien sencillo, si se logra demostrar que la relación entre significante y significado obedece a un contexto específico y que éstas no son verdades absolutas. De acá la importancia de ser críticos con los mitos que moldean nuestros imaginarios y nuestras políticas públicas. Ahora, queda la pregunta ¿basta con desmitificar mitos para construir caminos de equidad? O más bien ¿necesitamos re-imaginar nuevos mitos?

¿Y tú, qué re-imaginas? Cuéntanos contectándote a Re-imaginemos.

Coautores: Hannid Bautista, Aurora Casierra, Daniel Castro, Abraham Hidalgo; Nicolás Eckardt.

Editora: Allison Benson.


[1] Hemos adaptado la práctica de diálogo de saberes, común entre comunidades indígenas y afrodescendientes, como una herramienta metodológica que permite “reflexividad sobre procesos, acciones, historias y territorialidades que condicionan, potenciando u obstaculizando, el quehacer de personas, grupos o entidades”. Alfredo Ghiso (2000). Potenciando la diversidad: Diálogo de saberes, una práctica hermenéutica colectiva. Colombia Utopía Siglo. 21. 43-54.

[2] Como lo señala el intelectual francés Roland Barthes (1993), los mitos son signos de “segundo orden de significación” en donde la relación de primer orden entre significado y significante se distorsiona y se abstrae (de ahí que sea de segundo orden), buscando volver del signo una verdad eterna y absoluta

[3] Como lo explora el sociólogo canadiense Gérard Bouchard en su libro Social Myths and Collective Imaginaries, hay al menos dieciséis condiciones para que un mito social logre anclarse en lo social. Entre estas condiciones podemos nombrar aquí las siguientes: (1) la capacidad del mito de resonar o fusionarse con otros mitos; 2) la construcción de enemigos sociales a través del mito; (3) la relevancia de un mito en un momento político o social dado; y (4) el poder de movilizar el mito (medios de comunicación, partidos políticos, etc.).

[4] Informe nacional de empleo inclusivo 2018-2019.

[5] Barthes (1993).

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